GARANHUNS | THE NEW YORK TIMES
A menos de tres meses de las elecciones, Lula da Silva trata de lograr que lo más posible de su polvo mágico se le pegue a su sucesora, Dilma Rousseff, para persuadir al electorado de que la elija como la primera presidenta de Brasil.
Al hacer campaña a favor de Rousseff, su ex jefa de gabinete, el Presidente ha desobedecido abiertamente leyes electorales y le ha dado crédito por programas y obras públicas hechas durante su mandato.
En el gimnasio de un bachillerato en Garanhuns, a 20 minutos en coche desde su ciudad natal, da Silva estaba en su elemento días atrás, moviéndose de un lado a otro de la tarima con un micrófono, y vigorizando a tres mil partidarios con un discurso político improvisado. "Hoy no hay nadie más preparado para gobernar al país que nuestra futura presidenta, nuestra camarada", declaró el mandatario señalando a Rousseff, sentada cerca.
No está claro si será suficiente su cabildeo. ¿Qué se requiere para que un dirigente latinoamericano, incluso uno tan querido como da Silva, transfiera popularidad?
La respuesta, como han mostrado las elecciones recientes en Colombia y Uruguay, depende a menudo de un problema unificador, como la seguridad o la economía, que los electores se resistan a confiarles a los candidatos de oposición.
La sola popularidad puede no ser suficiente. En Chile, el apoyo generalizado para Michelle Bachelet no se extendió a su selección en la coalición para sucederla. El candidato oficialista, Eduardo Frei, perdió la contienda aún antes del trágico terremoto de febrero, despertando descontento.
Sin embargo, en Brasil, da Silva parece apostar a que sus seguidores, como una especie de culto, pueden hacer que gane Rousseff.
"La actitud es: Si Lula dice que ella es la persona adecuada, ella es la persona adecuada", señaló Riordan Roett, el director del programa latinoamericano en la Universidad Johns Hopkins. "No puedo pensar en ningún otro caso en América Latina en el pasado reciente en el que este haya sido el caso, donde un Presidente elegido dos veces simplemente dijera: Confíen en mí".
Las elecciones en Brasil se han vuelto profundamente regionales este año. Aquí, en el noreste, da Silva ayudó a sacar a millones de personas de la pobreza extrema expandiendo enormemente los programas de subsidios. Muchos aquí en Garanhuns y Caetes, donde nació, dicen que votarán por Rousseff porque así lo quiere da Silva.
"Apoyamos a la candidata de Lula", dijo Severin Joao da Silva, un campesino de 57 años en Caetes. "Lula es el mejor Presidente que haya tenido alguna vez Brasil, y después de que se convirtió en Presidente todo mejoró".
En contraste, José Serra, el gobernador de Sao Paulo y el principal competidor de Rousseff, está contando con la fuerza en el sureste del país, la zona más próspera.
Rousseff no tiene experiencia política electoral, ya que fungió como ministra de energía antes de hacerse cargo de la jefatura del gabinete de da Silva en 2005. Sin embargo, con da Silva a su lado, hace un par de meses empató con Serra, quien ya ha contendido antes por la presidencia, y lo superó brevemente en una encuesta de opinión pública.
Eso puede ser un eje en el intento de continuidad de da Silva. En Uruguay, la estabilidad económica generada con el presidente Tabaré Vázquez facilitó que José Mujica fuera elegido luego bajo la bandera del Frente Amplio.
En Colombia, el problema unificador fue la seguridad. Juan Manuel Santos, el ex ministro de la defensa del popular presidente Álvaro Uribe, pudo resistir un desafío ardiente contra la élite por parte del ex alcalde de Bogotá, Antanas Mockus. Muchos electores parecían dispuestos a darle a Uribe un "voto de gratitud" por reducir el crimen y enfrentarse resueltamente a los rebeldes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia o FARC, según explicó Michael Shifter, director de Diálogo Interamericano en Washington.
Sin embargo, en Chile, la promesa de continuidad no fue suficiente, y los votantes rechazaron a Eduardo Frei, un sobrio ex presidente de la coalición de gobierno, perteneciente a la Concertación de Bachelet. Perdió frente a Sebastián Piñera, un multimillonario de derecha y ex senador que se comprometió a profundizar la mayoría de los programas sociales que ayudaron a hacer que Bachelet fuera tan popular. Los electores enviaron el mensaje de que estaban cansados de los 20 años del régimen de Concertación.
Más allá de eso, ni Bachelet ni Uribe lograron "las profundidades emocionales de la pura filiación y lealtad que Lula fue capaz de inspirar en muchos brasileños", notó Shifter.
Transferir esa lealtad a Rousseff ha sido una "obsesión" para da Silva, indicó Amaury de Souza, un analista político en Rio de Janeiro.
En los dos últimos años, el Presidente brasileño ha tratado de modelar a Rousseff para que sea una candidata viable, dándole el control de un programa de miles de millones de dólares para proyectos de infraestructura y presentándola en inauguraciones de obras y otros actos públicos.
Días atrás, en un discurso de 51 minutos, da Silva elogió la experiencia gerencial de Rousseff y relató su biografía, diciéndoles a los partidarios que el régimen militar la torturó y notando que "Jesucristo fue torturado".
Rousseff batalló para inspirar a los asistentes en su discurso de 24 minutos, que pronunció después del presidente. Prometió "levantar a la gente del país, a todo el pueblo".
Dijo que da Silva le dio "las oportunidades más importantes de mi vida", y que su gobierno había "realizado la mayor revolución pacífica que haya visto alguna vez este país".
Analistas políticos dicen que da Silva está empujando con mayor fuerza la elección de su sucesora como ningún otro Presidente en décadas. Sin embargo, ha empujado límites. Funcionarios electorales lo han sancionado cuatro veces en los últimos meses por hacer campaña prematura por Rousseff.
La semana pasada, Sandra Cureau, subprocuradora general para las elecciones, advirtió que se podría acusar a da Silva de abuso del poder político por darle públicamente crédito a Rousseff este mes por el proyecto de tren de alta velocidad que se planea para conectar a Rio de Janeiro y Sao Paulo.
El Presidente, a su vez, respondió acusando a los medios informativos y a un fiscal al que no identificó -pero refiriéndose claramente a Cureau- de tratar de evitar que haga campaña. "Lo que quieren es presionarme para que finja que no conozco a mi camarada Dilma", dijo Lula.
En su propia campaña, Serra al parecer ha tomado una página del manual de estrategias de da Silva, comprometiéndose a incrementar significativamente la cantidad de familias que reciben subsidios, así como la de los pagos. Sin embargo, también dijo que el Partido de los Trabajadores (PT) de da Silva tiene conexiones con las FARC. El compañero de planilla de Serra, Indio da Costa, sugirió incluso que el Partido de los Trabajadores podría estar relacionado con el narcotráfico, un comentario que llevó a que un columnista de un periódico brasileño lo apodara: "Serra Palin", refiriéndose a la ex candidata a la vicepresidencia estadounidense.
En última instancia, las elecciones podrían destapar un comodín: Marina Silva, la popular ex ministra del ambiente de da Silva, quien contiende por el Partido Verde. Si Marina Silva puede lograr 12 a 15% de los votos, eso podría llevar a una segunda vuelta en noviembre, explicó de Souza.
Dados sus índices de aprobación que rondan 75%, da Silva "sería invencible" si fuera el candidato, dijo de Souza. "Pero ahora depende de Dilma".
Las cifras
75% El índice de aprobación de Lula da Silva hoy. Michelle Bachelet rondaba el 80% y Álvaro Uribe el 70%, tras picos de 84%.
37% De la gente votaría por Serra y 36% lo haría por Rousseff. Ambos están virtualmente empatados según Datafolha.
Para ganar, Serra no critica el modelo económico y social
RIO DE JANEIRO | Protegida por la sombra del arbolado Largo do Machado, en el centro de Rio de Janeiro, Georgette Vidor, aspirante a diputada local por la coalición del opositor José Serra, reparte propaganda electoral a todo aquel que se acerque a saludarla.
"Serra ganará las elecciones porque está más preparado para gobernar que Dilma Rousseff, que sólo cuenta en su haber con el apoyo del presidente Lula", comenta Vidor, que ya fue en una ocasión diputada por el estado de Rio de Janeiro y ahora se postula de nuevo en las elecciones que celebrará Brasil el próximo 3 de octubre.
El comentario de esta dirigente del Partido Popular Socialista (PPS), uno de los aliados de la Social Democracia Brasileña (PSDB), de Serra, resume a la perfección la estrategia de campaña del ex gobernador de San Pablo.
En las primeras semanas de la campaña electoral, Serra ha dirigido sus ataques principalmente a la candidata del gobernante Partido de los Trabajadores (PT) y ha eludido criticar el modelo económico y social de Lula.
Vidor duda varias veces cuando se la interroga por las propuestas concretas de Serra. "Hay que entender que el PT se aprovechó de las bases económicas que trazó Fernando Henrique Cardoso (el antecesor socialdemócrata de Lula en la presidencia), pero la diferencia es que Serra no va a mantener indefinidamente la política asistencialista de Lula; hay que ofrecerle trabajo a la gente, no sólo subsidios", subraya. Y vuelve a la carga contra Rousseff: "En cuanto comiencen los debates, Dilma fallará".
Esa es también la confianza del equipo de campaña de Serra. A partir de agosto, los tres principales candidatos a la presidencia (Rousseff, Serra y Marina Silva, del Partido Verde) se verán las caras en por lo menos cinco debates transmitidos por televisión e Internet. El candidato del PSDB confía en que será la mejor ocasión para mostrar las "debilidades" de Rousseff y despegar en unas encuestas que muestran una carrera presidencial muy ajustada.
La confianza de Serra en que Dilma pueda quedar en evidencia en un cara a cara con él no es compartida, sin embargo, por algunos analistas. Para Celso Marcondes, columnista de la revista Carta Capital, será Rousseff quien comience a desmarcarse en los sondeos en cuanto arranque la campaña en televisión, a mediados de agosto.
"A partir de entonces, una gran mayoría del electorado, las clases más populares, comenzará a interesarse por la pelea electoral, y lo más probable es que haya una gran identificación con Rousseff, en la medida en que vaya quedando más evidente su asociación con Lula; es decir, pienso que todavía habrá una gran transferencia de prestigio de Lula hacia Dilma, algo que ya comenzó", explica.
Para el experto, el principal problema de Serra es que no ha logrado hilvanar un discurso que pueda ser visto como una alternativa al gobierno actual, que tiene cerca del 80% de aprobación popular. "Creo que Serra sólo tendrá posibilidades de triunfo si Dilma comete grandes errores en su campaña o si estalla algún escándalo de grandes proporciones que afecte al gobierno o a su candidata".
La prioridad política de Serra si gana las elecciones será desarrollar el sector productivo del país, con más inversiones públicas y privadas que sustenten el crecimiento económico de Brasil, que este año, según las previsiones, se situará en el 7%.
En su programa electoral, Serra hace hincapié en que son las deficiencias en infraestructura las que frenan un crecimiento más elevado y una mayor creación de empleo. Además, el ex gobernador de San Pablo promete crear un Ministerio de Seguridad Pública que coordine todas las acciones contra la alta criminalidad del país, asignatura pendiente de los dos mandatos de Lula.
Con el respaldo mayoritario de la clase empresarial, Serra hará prioritario también el apoyo a las empresas a través de políticas de ayuda a la exportación y a la inversión. Por ahora, el candidato del PSDB ha sugerido que mantendrá los exitosos programas sociales de Lula.
Las diferencias con el gobierno actual se notarán más en política exterior. Serra es un crítico del Mercosur, al contrario que Lula, y no ve con buenos ojos las excelentes relaciones que el mandatario mantiene con Venezuela, Cuba e Irán.
A diferencia de Dilma, Serra cuenta ya con una dilatada experiencia electoral. Fue ministro de Planificación y de Salud durante el gobierno de Cardoso, y en 2002 se lanzó como candidato a la presidencia, elecciones que ganó Lula. por César González-Calero, enviado de LA NACIÓN / GDA
Votos de Marina son clave para el PT
RIO DE JANEIRO | Aunque las encuestas sólo le otorgan un 10% de apoyo, la ex ministra Marina Silva será decisiva en las elecciones del 3 de octubre. Hasta el momento, su discurso moderado, alejado del "fuego cruzado" que mantienen los máximos aspirantes a la presidencia, (Rousseff y Serra), le reporta a la candidata del Partido Verde (PV) una buena imagen.
Tan determinante será el resultado de Silva que fuentes del Partido de los Trabajadores (PT), de Lula, reconocen que Rousseff sólo evitaría un balotaje si Silva obtiene un mal resultado electoral, por debajo de ese 10% que le dan los sondeos. En el oficialismo confían en que buena parte de los votos de Silva se trasladen a Rousseff en una segunda vuelta.
Discípula del activista medioambiental Chico Mendes (asesinado en 1988), Silva fue la primera mujer negra en entrar en el círculo del Palacio del Planalto. Senadora y ministra de Medio Ambiente de Lula, sabe cuidar las formas al hablar y rara vez pierde los nervios. De familia humilde, Silva vio de cerca la muerte en varias ocasiones. Sus desencuentros con Rousseff y con otros miembros del gobierno por diferencias en la política medioambiental la llevaron a dejar su cargo en 2008 y luego a pedir la baja en el PT tras 25 años de militancia.
En sus cinco años al frente del ministerio, impulsó planes que lograron reducir en un 57% el ritmo de deforestación de la Amazonia y desmantelar unas 1.500 empresas ilegales, encarcelando a muchos infractores.
A pesar de su moderación, Silva, de 52 años, no ha dudado en criticar a Serra y a Rousseff por no haber querido celebrar debates públicos. "Quieren dejar al elector en el anonimato", se lamentó hace unos días.
Más allá de esas críticas, Silva ha elogiado la política económica de Lula y su capacidad para sortear la crisis económica. Son los matices, quizá, los que la diferencian del PT. Como cuando al hablar del programa Bolsa Familia (que transfiere renta a familias de pocos recursos) defiende su existencia, pero no para siempre.
Con una campaña mucho más modesta que la de sus rivales, Silva centra sus esfuerzos en su electorado potencial: las clases medias de grandes ciudades del país. LA NACIÓN / GDA